Mi viaje en septiembre de 2025
Viajé a Chongqing en septiembre de 2025 movido por una idea que me rondaba desde hacía tiempo: conocer una ciudad futurista, vibrante y llena de contrastes. Había visto fotos, vídeos, opiniones… pero nada se compara con estar allí, caminar sus calles y mirar hacia arriba hasta perder la vista entre rascacielos.
La primera noche: un espectáculo de luces
Mi primera impresión llegó de noche, y fue simplemente increíble. El cielo estaba cubierto por una ligera bruma y, sobre ella, miles de luces danzaban. Los rascacielos iluminados con LEDs convertían la ciudad en algo casi irreal, como una película de ciencia ficción. Los colores cambiaban, se reflejaban en el río y parecían envolverlo todo. Sentí que Chongqing no solo era una ciudad: era un escenario.

El show de drones (flipé bastante)
Una de las noches vi un espectáculo de drones y todavía lo recuerdo alucinando. De repente, cientos de drones empezaron a subir al cielo y a formar figuras enormes perfectamente sincronizadas. Hacían formas, letras chinas, dibujos… todo súper preciso. Yo estaba ahí, mirando hacia arriba como un niño pequeño, pensando: “vale, esto sí que es futurista de verdad”.
Además, las luces se reflejaban en el río y parecía que había dos espectáculos a la vez: uno en el cielo y otro en el agua. Fue uno de esos momentos en los que piensas que el viaje ya ha merecido la pena solo por estar ahí.

Una ciudad construida en capas
Durante el día, descubrí otra faceta. Chongqing está llena de colinas, puentes y niveles. Hay calles que parecen superponerse unas sobre otras, estaciones de metro que atraviesan edificios y miradores desde los que el río Yangtsé se abre paso entre torres gigantes. Ese contraste entre modernidad extrema y vida cotidiana fue de lo que más me fascinó.
En una esquina podías ver un rascacielos de cristal; a pocos metros, un pequeño mercado con olores intensos, voces, vapor saliendo de ollas y gente comiendo en mesas diminutas. Todo coexistiendo de manera natural.

El sabor picante que no se olvida
Y, claro, el hot pot de Chongqing fue una experiencia en sí misma. Picante, aromático, intenso… al principio pensé que no sobreviviría al chili y a la pimienta de Sichuan, pero terminé riéndome de mí mismo mientras intentaba seguir comiendo entre sorbos de agua.

Un lugar que vibra
Lo que más me marcó fue la energía de la ciudad. Constantemente en movimiento, siempre iluminada, siempre viva. Ese lado futurista que me atrajo desde el principio estaba ahí, pero también descubrí humanidad, caos, momentos tranquilos junto al río y escenas cotidianas que contrastaban con los gigantes de acero y luz.

Si estás pensando en ir…
- Ve preparado para caminar y subir escaleras
- No te pierdas la ciudad de noche
- Atrévete con el hot pot original
- Y, sobre todo, mantén los ojos bien abiertos: Chongqing está llena de detalles
Lo que me dejó Chongqing
Para mí, Chongqing fue un viaje al futuro… pero con alma. Un lugar donde tradición y modernidad no compiten, sino que conviven. Y sí: volvería sin dudarlo.

